Prehistoria. Primera parte

DE LA HISTORIA ANTES DE LA HISTORIA.
I. PREHISTORIA: CONCEPTO, METODOLOGÍA Y PRÁCTICA.

1. Prehistoria y prehistoriadores. Historiografía: orígenes y desarrollo de la práctica y el conocimiento de la Prehistoria. Concepto y contexto disciplinar de la prehistoria.
El término Prehistoria fue utilizado por primera vez por Wilson en su obra Anales de Arqueología y Prehistoria de Escocia. No tardó mucho en ser aceptado y se consolidó tras la publicación en 1865 de la obra Tiempos prehistóricos de Lubbock. Años más tarde, este término sería popularizado al aparecer en publicaciones como el periódico Times en 1888 y la revista Nature en 1902.
Desde el punto de vista etimológico, Prehistoria significa “antes de la Historia”, lo que puede provocar cierta confusión. Cuando Wilson acuñó el término, lo que pretendía era referirse a la parte de la Historia para la cual no contamos con textos escritos. Podemos entender el término con un doble sentido: como época histórica o como disciplina científica.
Prehistoria como época histórica: es el periodo de tiempo comprendido entre la aparición del hombre hasta la aparición de los primeros documentos escritos, representando así unos límites cronológicos poco nítidos y desde luego variables dependiendo de la zona del planeta que analicemos.
Prehistoria como disciplina científica: se enmarca entre las ciencias histórica, por lo tanto se trata de una ciencia social cuyo objeto de estudio es la vida del hombre (el devenir humano) en su época más remota. La única separación real que podemos establecer entre la Prehistoria y el resto de disciplinas históricas es de carácter metodológico, ya que empleamos métodos y fuentes diferentes. Los únicos restos con los que contamos para reconstruir la realidad histórica de nuestros antepasados en la época prehistórica son los objetos materiales. La fuente básica de la que se nutre la Prehistoria es la Arqueología, disciplina que nos permite conocer el pasado humano a partir de su cultura material y del contexto en el que aparece. Hasta hace no mucho tiempo, la imagen que se tenía del arqueólogo estaba impregnada de cierto romanticismo y visión aventurera, pero la aportación metodológica del arqueólogo Pitt-Rivers ha permitido que se valore su verdadero papel: la recuperación, el estudio, la interpretación y la divulgación de todo tipo de restos materiales que las culturas han dejado a lo largo de la Historia.
Evidentemente, existe una íntima relación entre Prehistoria y Arqueología, aunque existen ciertas diferencias. Algunos autores conciben la Arqueología como una mera disciplina auxiliar de la Prehistoria, en particular, y de la Historia en general; mientras que otros entienden el concepto de Arqueología en un sentido más amplio, que llega a englobar a la Prehistoria. En la práctica, puede resultar superfluo diferenciar entre ambas disciplinas pues los procesos de recuperación de restos materiales y su posterior interpretación son realizados frecuentemente por una misma persona, que primero actúa como arqueólogo y después ejerce de prehistoriador.
La Prehistoria también guarda desde sus orígenes como disciplina una íntima vinculación con la Antropología cultural, disciplina que estudia la tecnología, pautas de comportamiento, organización social y creencias de los distintos grupos humanos con el fin de poder establecer regularidades en la conducta humana. De este modo, la Antropología cultural puede aportar a la Prehistoria una información fundamental para interpretar los restos materiales del pasado, estableciendo analogías entre los pueblos primitivos actuales y los grupos humanos prehistóricos.
Por último, debemos indicar que la Prehistoria también establece relaciones con otras disciplinas como la Geología, la Paleontología o la Biología para obtener una visión más global de las circunstancias en las que se desarrolló el pasado más remoto de la Humanidad.
Historiografía: Orígenes y desarrollo de la práctica y el conocimiento de la Prehistoria.
Desde la Antigüedad, los seres humanos se han preguntado por su origen, aunque las primeras explicaciones estuvieron cargadas de concepciones míticas y alegóricas. El interés por los restos arqueológicos está atestiguado, al menos, desde el siglo VI a.C. con Nabónido, último rey de Babilonia, que se dedicaba a coleccionar antigüedades almacenando muchos de sus hallazgos en una especie de museo. Llegó incluso a excavar en la ciudad de Ur, rescatando restos con una antigüedad superior a los dos mil años. El mundo grecorromano aportó diversos modelos míticos sobre el origen de la Tierra y el Hombre. Estas teorías pueden ser agrupadas en dos bloques: por un lado, las que ofrecen una visión del origen y evolución de la Humanidad como un proceso de degeneración, y por otro lado, las que defienden una constante progresión cultural del hombre. Entre las primeras destaca la de Hesíodo, que en el siglo VIII a.C. en sus obras Teogonía y Los Trabajos y los Días presenta al hombre creado en una edad de oro de la que fue cayendo sucesivamente a las edades de plata, bronce y hierro por su propia degeneración. En el segundo grupo encontramos a Lucrecio, que en su obra De Rerum Natura anticipa el modelo de las tres edades al señalar que los seres humanos fueron evolucionando pasando por tres edades sucesivas: la piedra, el bronce y el hierro. Durante la Edad Media, la Biblia, con su tesis catastrofista determinó las explicaciones en torno al pasado remoto del hombre. Se tienen noticias de que a lo largo de la época medieval se recogieron por parte de campesinos diversos útiles líticos, especialmente hachas pulimentadas, que no fueron reconocidas como obra humana sino que se les dio un origen celestial, siendo denominadas “piedras del rayo”, pues se creía que se hundían en la tierra al caer los rayos para después salir a la superficie al cabo de un tiempo.
En el ambiente de desarrollo científico del Renacimiento resurgió el interés por las manifestaciones artísticas del mundo grecorromano. En este periodo se llevan a cabo algunas excavaciones, con el fin de recuperar restos de ese añorado pasado. El espíritu crítico propio de la época llevará a muchos a preguntarse de nuevo por el origen del hombre. Científicos como el naturalista Aldrovani afirmarán que las “piedras del rayo” no tenían un origen celestial sino que se trataba de herramientas fabricadas por los pueblos antiguos antes de descubrir el uso de los metales. A lo largo de la Edad Moderna se realizarán diversas excavaciones como las realizadas en Pompeya y Heculano bajo el patrocinio del futuro Carlos III de España o el análisis de monumentos megalíticos como Stonehenge, donde destaca la aportación de William Stuckley, que realizó unos planos muy precisos que siguen siendo útiles en la actualidad.
La incómoda situación surgida por el desarrollo de diversas especulaciones en torno al origen del hombre preocupó a los ámbitos eclesiásticos que intentaron dar una respuesta definitiva para poner fin a este debate. De este modo, el arzobispo anglicano James Ussher calculó a comienzos del siglo XVII que según la evidencia del Antiguo Testamento era posible concluir que la Tierra había sido creada en el año 4004 antes de Cristo. John Lighfoot, vicerrector de la Universidad de Cambridge dio un paso más en 1642 al afirmar que el hombre había sido creado el 23 de Octubre del 4004 a las 9 de la mañana.
En el siglo XVIII, el ambiente de renovación intelectual fomentado por la Ilustración favorecerá la aparición de interesantes y nuevas corrientes. En la Enciclopedia se alude a los tres estados por los que se suponía que había pasado la Humanidad: las hordas errantes, los grupos cazadores y los agricultores. En 1721, Antoine de Jussieu realizó un estudio comparativo entre las piedras talladas encontradas en diversos lugares de Europa y las realizadas por los indios americanos, llegando a la conclusión de que los útiles no tenían un origen celestial sino que habían sido realizados por los hombres primitivos.
En el siglo XIX se van a producir importantes avances en la investigación sobre todo de la mano de la Geología, la Biología y la Paleontología. En el ámbito geológico destaca la obra de Lyell Principios de Geología, de 1833, donde se sentaron las bases de la Geología estratigráfica. Demostró la gran antigüedad de la Tierra y socavó los fundamentos de la teoría catastrofista defendida, entre otros, por Cuvier, que afirmaba que se habría producido una sucesión de faunas en la Tierra pero sin continuidad entre ellas, pues 27 grandes catástrofes habían hecho desaparecer especies que eran sustituidas por otras más desarrolladas.
En el campo de la Biología son fundamentales los trabajos de Lamarck, que planteó la teoría evolucionista en 1809, indicando que la naturaleza había producido gradualmente todos los grupos de seres vivos, desde los más simples a los más complejos. Sus ideas fueron ampliadas por Darwin que en 1859 publicó su obra El Origen de las Especies, cuya idea fundamental es que las especies varían en el tiempo y que el elemento básico de esta variación es la Selección Natural. En 1871, en su obra El Origen del Hombre, planteó que el hombre descendía de una forma animal preexistente y analizaba las causas de la evolución humana. La vida en la evolución biológica (no progresar sino cambiar) que transmite Darwin pasaría al ámbito cultural. De este modo, arqueólogos como Montillet defenderán la teoría del desarrollo humano como resultado de la propia naturaleza humana, tendente al progreso constante. Durante el siglo XIX también se produjeron numerosos hallazgos arqueológicos, destacando el descubrimiento, en diversos lugares de Europa, de restos líticos junto a restos de fauna extinguida. Los materiales recuperados cada vez eran más numerosos y ello hacía más aconsejable su clasificación y ordenación en colecciones y museos. En este sentido destaca la labor del danés Thomsen, que ordenó los materiales del museo de Copenhague en vitrinas según la materia prima y posible función, obteniendo como resultado una división en piedra, bronce y hierro que coincidía con el sistema de las tres edades intuidas desde la Antigüedad.
A principios del siglo XX, arqueólogos como Montelius, interesados en explicar las causas que motivan los cambios culturales, coinciden en afirmar que estos se producen mediante procesos de difusión. Surge así la corriente difusionista, que señala que el desarrollo de la cultura europea se produjo por la difusión de los avances culturales desde el Próximo Oriente, teoría conocida como “Ex Oriente Lux”. Esta tendencia será llevada a sus máximas consecuencias por los hiperdifusionistas Smith y Perry. El arqueólogo más importante de la primera mitad del siglo XX es Gordon Childe, partidario del difusionismo aunque algo matizado por un evolucionismo de aspiración marxista. Su mayor aportación teórica fue la definición de cultura arqueológica como una serie de restos materiales distintivos que aparecen reiteradamente. Desde mediados del siglo XX se han realizado aportaciones interesantes en la metodología arqueológica, pero sobre todo en el campo de la teoría y la interpretación, pudiendo diferenciar diversas tendencias:
-Enfoque ecológico, representado por autores como Stemard y Clark que explican que las culturas no sólo se relacionan unas con otras sino también con el entorno, por lo cual podemos conocer mejor una sociedad antigua estudiando su adaptación al medio ambiente.
-Nueva arqueología: los autores más representativos son Binford y Renfrew. Entienden la cultura como un sistema adaptativo al medio ambiente. Afirman que el arqueólogo debe formular hipótesis, deducir las implicaciones arqueológicas que se derivan de esas hipótesis y contrastarlas con datos arqueológicos recuperados en la excavación. Estiman de gran interés la aportación de la arqueología.
-Corriente contextualista, representada por Daniel Piggot. Esta corriente tiende a particularizar y sostiene que la explicación para los hechos arqueológicos debe partir de un amplio conocimiento del territorio en el que se produce.
-Marxismo, que engloba corrientes distintas, todas ellas de inspiración marxista con representantes destacados como Chapman, Friedman y Gilman. Emplean una terminología de base marxista y consideran que los cambios en las fuerzas y modos de producción conllevan cambios en la ideología.
-Postprocesualismo, que concede gran importancia a lo ideal y a lo simbólico. Tiene en cuenta la presencia del presente en la comprensión del pasado. Su máximo representante es Hodder.
-Estructuralismo, en cuya teoría se intentan establecer correspondencias entre sistemas de pensamiento. Parte del análisis riguroso de los datos observables para definir estructuras y esquemas conceptuales globales, comunes a todos los hombres y de este modo acceder a la interpretación de lo ausente.


2. La Prehistoria y la Arqueología de campo. Tipología, formación y alteración de los yacimientos arqueológicos. La prospección arqueológica. La excavación arqueológica.
Los arqueólogos buscan sus datos en los yacimientos. Un yacimiento arqueológico es un lugar con restos materiales enterrados de la actividad humana en el pasado.
Existen diversos tipos de yacimientos dependiendo de diversos criterios:
-Según su cronología: paleolítico, neolítico, romano, medieval...
-Según su función: lugar de hábitat, necrópolis, área ritual, cantera, mina, cazadero...
-Según su posición: en altura (cerro), en llano, en ladera, valle, costa, cueva...
-Según la duración del asentamiento: estacional, permanentes, esporádicos...
-Según su conservación: intacto, saqueado, alterado...
Formación y alteración de yacimientos.
Los procesos de formación y alteración de los yacimientos están estrechamente vinculados a la acción de fenómenos naturales como procesos químicos, erosivos, desprendimientos, terremotos, acción animal y antrópica... De ello se deriva la mejor o peor conservación de un yacimiento y la aparición, en determinados casos, de fenómenos como los falsos yacimientos y las estratigrafías inversas. Los procesos de formación de los yacimientos son estudiados por la tafonomía, que en muchos casos permite discernir sobre la viabilidad de excavación de un yacimiento y su problemática, entre otros aspectos.
La prospección arqueológica.
La prospección engloba un conjunto de procesos técnicos cuya finalidad es obtener un importante volumen de información arqueológica en un área determinada. Esta actividad puede ser entendida en tres sentidos diferentes:
1. Como un trabajo previo a la excavación, es decir, se prospecta antes y a partir de ese momento se prevé cual va a ser la mejor posibilidad.
2. Como actividad complementaria posterior a la excavación para complementar la información obtenida con la excavación de un yacimiento, que de este modo resulta más comprensible al ser contextualizado en su entorno.
3. Como una actividad arqueológica con entidad propia, es decir, que no dependa de una excavación anterior o posterior.
En los últimos años se han incrementado las prospecciones arqueológicas y en esas circunstancias influyen diversos elementos:
-la prospección arqueológica resulta más económica que la excavación.
-las administraciones públicas, especialmente las Comunidades Autónomas, están interesadas en gestionar sus recursos culturales, entre los cuales la arqueología desarrolla un papel importante.
Las Comunidades Autónomas están apostando por elaborar Cartas Arqueológicas Nacionales. En la C.A. de Castilla-La Mancha, la elaboración de la Carta Arqueológica ha diferenciado dos partes: en la primera se han revisado y reconocido todos aquellos yacimientos citados en la bibliografía, proceso en el que se encontraron errores y se descartaron falsos yacimientos y en la segunda parte se está procediendo a elaborar la Carta Arqueológica por términos municipales a partir de prospecciones sistemáticas. En los últimos años, por influencia del ecologismo, cada vez son más frecuentes los estudios históricos que se orientan al análisis de las consecuencias de la interacción entre el hombre y el medio natural. Se pretende describir, en el caso de la Prehistoria, los ecosistemas a los que pertenecían distintos yacimientos arqueológicos. En este cambio de concepción también ha tenido un papel destacado el desarrollo, en los años 70, de nuevas líneas de investigación a partir de la publicación de la obra Análisis espacial de la arqueología de Hodder y Orton.
Sea por motivos políticos, económicos o científicos, la realidad es que la prospección desarrolla un papel cada vez más destacado en la práctica arqueológica. Su creciente importancia ha favorecido el desarrollo de una serie de técnicas en las que la aportación de la arqueología anglosajona ha sido fundamental. Aunque la importancia que está adquiriendo la prospección en nuestro país es creciente, aún quedan algunas lagunas.
Afortunadamente, en los últimos años se ha avanzado en el desarrollo de una metodología de prospección más correcta en la que se diferencian dos momentos, siendo el primero de ellos el trabajo previo. Para planificar correctamente una prospección arqueológica es preciso partir de una acertada elección del área de estudio. Para ello, se pueden emplear diversos criterios:
-Arbitrarios: emplear divisiones administrativas para delimitar el área de prospección. No es el criterio más adecuado, pero en la actualidad suele ser el más empleado, ya que la política arqueológica fomentada por las administraciones autonómicas promueven la elaboración de Cartas Arqueológicas por términos municipales.
-Naturales: la elección de un valle, un río, de una formación montañosa o de una comarca natural. Es un criterio más adecuado, pues este tipo de elementos naturales condicionan los patrones de asentamiento de los grupos humanos.
-Culturales: para algunas épocas resulta conveniente tener como punto de referencia, a la hora de planificar la prospección, los posibles límites atribuidos a un determinado grupo humano. Así, por ejemplo, se podría plantear una prospección en la Carpetania de época prerromana o en los territorios de la Orden de San Juan, para la época medieval.
Una vez seleccionada la zona de trabajo, el primer paso a la hora de plantear la labor de prospección es familiarizarnos con ella. Para ello contamos con una amplia gama de soportes cartográficos. Por un lado, podemos manejar los mapas topográficos, bien los editados por el Servicio General del Ejército o bien los editados por el Instituto Geográfico Nacional. Los mapas pueden aparecer en una escala 1:50.000 y 1:25.000. Estos mapas de sencillo manejo deberían complementarse en la medida de lo posible con planos de escala 1:10.000 y 1:5.000, que pueden consultarse en el catastro y en muchos fondos municipales.
De forma paralela al análisis de los mapas topográficos se debe realizar un estudio de otro tipo de cartografía, especialmente los mapas geomorfológicos y edafológicos. Los primeros aportan datos sobre los lugares más favorables para el asentamiento humano y para la conservación de restos arqueológicos; además de ofrecer pautas sobre los efectos postdeposicionales. Los edafológicos permiten analizar las posibilidades de explotación económica de un territorio, especialmente la potencialidad agropecuaria.
Dentro de los materiales cartográficos incluimos la teledetección, es decir, las tomas aéreas realizadas desde aviones o incluso desde satélites. Analizando estas fotos encontramos contrastes y variaciones significativas en el terreno causadas por sombras, diferente grado de humedad, distinto grado de vegetación y podemos llegar a detectar lugares de interés arqueológico.
El estudio cartográfico se complementa con el análisis de fuentes documentales tanto orales como escritas. En primer lugar, es conveniente acudir a los fondos que poseen los museos sobre informes acerca de trabajos de prospección anteriores. También es conveniente consultar archivos locales y provinciales donde en ocasiones se pueden encontrar noticias referidas a hallazgos arqueológicos. El análisis detenido de la bibliografía arqueológica también es básico con el fin de orientar las labores de prospección en el sentido más idóneo. La información obtenida a partir de las fuentes orales era hasta no hace mucho la base fundamental de las prospecciones. En la actualidad, sigue siendo un componente muy importante pero no debe ser determinante. Normalmente los datos que se recogen en este apartado son encuestas abiertas o cerradas que deben ser contrastadas y tamizadas ya que es frecuente que los informantes intercalen datos reales con consideraciones personales e incluso legendarias. Finalmente, debemos realizar una revisión de la toponimia de la zona a prospectar, pues en muchos casos podemos encontrar topónimos que sugieren la posible presencia de algún yacimiento arqueológico.
El trabajo de campo. Como en cualquier disciplina científica debemos partir siempre de hipótesis de trabajo. Es necesario plantearnos qué buscar. Nuestro objetivo no es recuperar restos aislados sino lugares donde se documente una concentración de materiales arqueológicos que representen restos de actividad humana en el pasado. Para valorar la fiabilidad de una prospección es preciso conocer la intensidad con la que se ha efectuado ese trabajo. Podemos diferenciar entre: prospección extensiva, salidas aisladas tradicionales realizadas de forma individual sin metodología ni planificación; y prospección intensiva, trabajos realizados por equipos especializados. Pueden ser de cobertura total (la zona delimitada es pequeña o puede ser inspeccionada completamente) o las realizadas a partir de muestras realizando concepciones probabilísticas en las que la estadística juega un papel destacado. Los muestreos se llevan a cabo cuando la zona de estudio es muy amplia y en ese caso se selecciona una fracción de superficie a prospectar sobre el total que debe ser al menos del 20 o 25 % del total para que los resultados obtenidos sean fiables. Se pueden adoptar diversas formas para las unidades de muestreo. Las más habituales son los Quadrats y los Transects (cuadrados y rectángulos) que deben tener un tamaño determinado para que puedan ser inspeccionados en una jornada de trabajo. La disposición de estas unidades puede realizarse siguiendo tres esquemas fundamentales:
-aleatorio, según el cual las unidades de muestreo se disponen al azar dentro del área a prospectar.
-sistemático, las unidades se sitúan a intervalos iguales.
-estratificado, según el cual la ubicación de las unidades se realiza tomando en consideración criterios topográficos y ecológicos.
Una vez concretado esto, se desarrolla la salida al campo donde los equipos de prospección deben contar con un material mínimo indispensable: cámara de fotos, bolsas de plástico, etiquetas, cintas métricas, brújula, lápiz, transportador de ángulos, mapa topográfico, cuaderno y jalón (una especie de escala).
Es fundamental elaborar fichas en las que se recoja el contexto ambiental del yacimiento documentado, su tamaño, el tipo de materiales que se encuentran, la posible función y cronología, el estado de conservación, el acceso, etc.
Por último, debemos indicar que, como complemento, existen una serie de técnicas de inspección subsuperficial especialmente de carácter geofísico basadas en las propiedades físicas (térmicas, eléctricas o magnéticas) o químicas, que presenta un terreno en relación a su entorno inmediato. Estas técnicas, más que para hallar yacimientos se emplean para delimitar su contorno, diferenciar áreas de actividad o documentar posibles estructuras.

La excavación arqueológica.
Pese al avance de otras técnicas, sobre todo las relacionadas con la prospección, la excavación o extracción sigue siendo el principal procedimiento de la arqueología para proceder al conocimiento del pasado más remoto de la Humanidad. Excavar supone destrucción, por lo tanto, no podemos releer lo ya excavado, es decir, se trata de un proceso único en el que es básico evitar la pérdida de datos a través de una documentación lo más exhaustiva posible. Habitualmente la decisión de excavar en un yacimiento se produce tras una fase de prospección, pero los criterios para seleccionar el yacimiento a excavar pueden ser de diverso tipo:
-de salvamento: cuando se decide excavar un yacimiento que se localiza en un área afectada por obras.
-lagunas de conocimiento: cuando en una zona es evidente la escasez de datos de una determinada época histórica, es conveniente primar los procesos de investigación o excavación que pretendan aportar información sobre dicho periodo.
-líneas de investigación: frecuentemente las excavaciones arqueológicas están en manos de instituciones científicas y académicas que marcan unas directrices en los estudios del pasado que condicionan los proyectos de excavación que impulsan.
Una vez que hemos decidido el yacimiento sobre el que vamos a excavar, debemos cumplir unos requisitos legales como es la presentación de un proyecto de actuación, un presupuesto y un currículum. Cuando se ha obtenido la autorización del propietario del terreno y el permiso de excavación de la Consejería de Cultura se deben aplicar una serie de operaciones previas que facilitan el posterior desarrollo en la excavación. Es conveniente realizar un estudio previo del área del yacimiento para la organización logística, que debe tener presente los accesos, posibles obstáculos, ubicación de infraestructuras básicas, dónde se colocan las terreras, alojamiento del equipo de investigación, ubicación del laboratorio, etc. Además, es conveniente realizar la topografía del yacimiento para la correcta disposición de planos y efectuar un reportaje fotográfico para determinar la fisonomía del yacimiento previa a la excavación.
Para que el proceso de excavación resulte eficaz y los restos hallados puedan ser diferenciados correctamente se debe proceder a la cuadriculación del yacimiento: se puede cuadricular totalmente el yacimiento o sólo el área a excavar. De este proceso se obtienen unas unidades de excavación cuya forma y tamaño dependerán del tipo de yacimiento a excavar. Este método de cuadriculación basado en el establecimiento de coordenadas cartesianas fue establecido hace décadas por Wheeler y en la actualidad es el más empleado.
Entre cada cuadrícula se suele dejar un testigo de ancho variable que suele oscilar entre medio y un metro cuya finalidad es doble. Por un lado constituyen necesarias zonas de paso y por otro lado permite llevar un control estratigráfico al quedar refugiados en los perfiles la sucesión de niveles arqueológicos representados por diferentes tipos de estratos, lo que llamamos estratigrafía.
Cuando determinadas estructuras arqueológicas como muros, calles u hornos quedan separados por testigos se puede plantear desmontar total o parcialmente los testigos para obtener una visión de conjunto.
El proceso concreto de excavación se efectúa mediante un desmonte horizontal por capas cuyo grosor variará según las circunstancias. Estas capas suelen seguir niveles artificiales cuando se desconoce la estratigrafía del yacimiento, pero cuando ésta es conocida es oportuno adecuar las capas a los niveles arqueológicos.
Todos los hallazgos que se realizan en la excavación deben ser referenciados a través de dibujos y fotografías antes de ser extraídos. La cuadriculación nos permitirá reconstruir el proceso de excavación con dibujos realizados a escala 1:10 o 1:20 en papel milimetrado donde se localiza cada hallazgo a partir de tres puntos: x, y, z.
Las referencias bidimensionales se realizan en planos y las tridimensionales a través de alzados. Es importante señalar que para indicar la profundidad a la que aparecen los restos arqueológicos se toma como referencia un punto determinado, normalmente un elemento muy significativo que se localiza en el lugar más elevado y que recibe la denominación de “punto cero”, a partir del cual se toman las cotas a las que aparecen los distintos hallazgos. Si existe un vértice geodésico próximo al yacimiento resulta apropiado emplearlo como punto cero al tratarse de un elemento permanente y ofrecer una altitud real.
Además de los dibujos, se deben realizar fotografías en las que es conveniente acompañar una escala y que se indique la orientación. También es cada vez más frecuente el empleo del vídeo como sistema de registro. Además resulta de gran importancia la redacción de un diario o cuaderno de excavación en el que se expresen las variadas incidencias que se producen cada día en la excavación. Se exponen valoraciones a las que llega el arqueólogo tras un análisis inicial de los restos y estructuras documentadas que posteriormente deberán ser ratificadas cuando se analice en profundidad toda la información obtenida. Estos comentarios realizados a pie de obra deben ser acompañados de un croquis que aporte una sencilla información visual. Aunque en muchos casos las valoraciones expuestas en el diario de campo tienen un notable componente subjetivo, resulta de gran valor a la hora de reproducir en el laboratorio la realidad del proceso de excavación.
El material recuperado en las excavaciones debe ser recogido en bolsas o cajas acompañados de etiquetas en las que por medio de siglas se especifique claramente su procedencia: yacimiento, campaña, cuadrícula y nivel. Pues un objeto, por único que sea, fuera de contexto aporta una información reducida.
Los restos arqueológicos, sobre todo cerámicos, líticos y óseos, deben ser lavados para apreciar mejor sus características. Posteriormente se debe proceder a su dibujo y clasificación mediante fichas que pueden ser procesadas informáticamente.
Actualmente, la cantidad de información que se puede extraer de una excavación puede ser muy elevada si se recogen las muestras adecuadas para realizar estudios de palinología, microfauna, carbono 14, termoluminiscencia; que posibilitan una mayor aproximación a la cronología y al contexto medioambiental del yacimiento.





3. La Prehistoria y las técnicas de análisis de los repertorios arqueológicos. Los objetos arqueológicos. Los restos paleoantropológicos. El contenido no “artefactual” de los sedimentos arqueológicos. Los procedimientos de atribución cronológica.
Los procedimientos de atribución cronológica.
Dentro de este conjunto de métodos se distinguen dos tipos:
1. Métodos de datación relativa:
a) Estratigráfico: en la mayor parte de los yacimientos se pueden diferenciar distintos niveles o estratos que se han ido formando a lo largo del tiempo superponiéndose unos a otros. Con este método no podemos conocer la fecha exacta de los objetos encontrados en un determinado estrato, pero sí podemos compara su antigüedad con respecto a los elementos documentados en otros estratos a partir de la aplicación de tres principios:
-Superposición: todo estrato superpuesto a otro es más reciente.
-Continuidad: un estrato tiene la misma antigüedad en todos sus puntos.
-Identidad: si varios estratos contienen los mismos fósiles son de idéntica cronología.
b) Tipológico: a partir de la aplicación de los denominados “fósiles guía” podemos conocer con cierta aproximación la adscripción cultural o cronológica de un yacimiento o de un nivel concreto de éste.
c) Depósitos cerrados: cuando se produce el hallazgo de diversos objetos en un mismo contexto, debemos pensar que se trata de elementos contemporáneos, si bien no hay que descartar posibles pervivencias.
d) Cronología cruzada: cuando en un estrato encontramos objetos pertenecientes a diferentes culturas, podemos inferir que se trata de culturas contemporáneas. Aunque es preciso tener en cuenta la posibilidad de pervivencias que distorsionen la datación.

2. Métodos de datación absoluta:
a) Varvas glaciares: Tras la última glaciación (Würm), el deshielo anual de los glaciares nórdicos deposita arena y arcilla en los lagos escandinavos, primero de textura gruesa y clara y después fina y oscura. Los estratos que se forman se denominan varvas y su grosor depende de la intensidad del deshielo producido. A partir de 1878 el geólogo De Geer estudió estas varvas y llegó a elaborar una secuencia de 12.000 años. Si aparece algún resto arqueológico en estas varvas se puede datar contándolas. Este método presenta un problema; su reducida área de aplicación (Escandinavia) y los escasos restos arqueológicos que se documentan en esta zona. Aunque ha permitido comprobar la fiabilidad de otros métodos como la dendrocronología y el radiocarbono.
b) Dendrocronología: se fundamenta en el crecimiento anual de los árboles. La mayoría de los árboles producen cada año un nuevo anillo de madera y contándolos, podemos conocer su edad. Pero para saber cuando vivió un determinado árbol es preciso conocer una secuencia o diagrama donde pueda ser enmarcado. Este método de datación ya fue sugerido por Jefferson, pero la metodología actual fue establecida por Douglas en 1913, quien lo aplicó al estudio de las culturas amerindias. Para su aplicación es preciso contar con una zona boscosa, con buenas condiciones para la conservación de la madera y disponer de especies apropiadas (es decir, sensitivas como la Sequoia gigantea o Pinus aristata). Los árboles sensitivos presentan un mismo patrón de crecimiento de sus anillos y de este modo, se puede realizar una secuencia continua y prolongada que abarque desde la Antigüedad hasta miles de años atrás. Este método se aplica sobre todo en el estudio de las culturas amerindias, de la Edad Media, culturas palafíticas y sobre todo para la calibración del radiocarbono.
c) Métodos radioactivos: La física-nuclear ha demostrado que los fenómenos atómicos, concretamente los procesos de desintegración, se producen a una velocidad constante. La arqueología ha aprovechado esta circunstancia para datar, gracias a diversos métodos que analizan la velocidad de desintegración de diversos isótopos radiactivos (el núcleo es inestable porque su masa es distinta).
-Carbono 14 o Radiocarbono: es un método desarrollado por Libby a partir de 1949. Existen tres isótopos de carbono, carbono 12, carbono 13 y carbono 14 (inestable). El carbono 14 tiene el mismo comportamiento químico que el C12, y como él, forma parte del CO2, que pasa a los seres vivos. La proporción de C14 es constante en la atmósfera y los seres vivos. Cuando un ser vivo muere, se desintegra a una velocidad constante. Libby definió ese proceso en 5.570 años (más-menos 30 años). Actualmente sabemos que ese proceso está en 5730 años (más-menos 30 años). La fecha B.P. es 1950. Hacia los 60.000 años de antigüedad, la cantidad de C14 que queda en la muestra es muy pequeña, aunque este problema se ha resuelto en parte con la espectrometría de acelerador de masas, que necesita una muestra menor para datar y , de este modo, se amplía este método hasta hace unos 100.000 años. Este método es aplicado al carbón, a la madera, conchas, hueso, hierro fundido con madera o carbón vegetal. Este método parte de 4 hipótesis básicas: definición de la vida media del radiocarbono, ausencia de contaminación en la muestra, distribución uniforme del carbono 14 en el mundo, posible variación a lo largo del tiempo de la concentración de C14 en la atmósfera. La aportación más importante de este método es que es un método universal, lo que permite compara fechas.
-Termoluminiscencia: se basa en medir la intensidad de luz que emiten ciertos minerales al ser calentados. La intensidad de esa luz será directamente proporcional al tiempo transcurrido desde el anterior calentamiento. Se aplica fundamentalmente a la cerámica aunque también se emplea con materiales que hayan sido calentados como sílex, alcanzándose fechas de 500.000 años. La arcilla contiene materiales radioactivos que se desintegran a un ritmo constante emitiendo radiaciones alfa, beta y gamma; que bombardean los cristales de cuarzo, desplazando los electrones de su posición. Si la arcilla cocida es recalentada por encima de 500 ºC, los electrones vuelven a su posición inicial emitiendo una luz. Midiendo la intensidad de la luz y la cantidad de material reactivo presente, se puede saber cuando se coció la arcilla. Para la aplicación de este método es preciso conocer las condiciones en que estaba enterrada la muestra, la composición del terreno; y su extracción debe ser preparada. Este método ofrece fechas muy similares a las del Carbono 14 calibrado.
-Potasio-Argón: es un método adecuado para fechas muy antiguas, superiores antiguas, superiores a los 100.000 años. La muestra analizada sólo puede ser de origen volcánico, donde se genera el potasio, cuyo isótopo radioactivo (K40) se transforma en un isótopo inerte (A40) a una velocidad constante. El argón se presenta en estado gaseoso, por lo cual, el que aparece en las rocas sólo puede proceder de la descomposición del K40.
-Uranio-Torio: consiste en la desintegración del uranio y su conversión en torio. El alcance de este método oscila entre 50.000 y 500.000 años y se aplica a carbonatos cálcicos, huesos y conchas. Cuando se forma un carbonato, éste contiene uranio pero no torio, con lo cual, el torio que aparezca en la muestra habrá aparecido tras la formación del carbonato.
-Arqueomagnetismo: se basa en las variaciones del campo magnético del pasado, tanto en dirección como en intensidad. Se han elaborado curvas o tablas con los cambios conocidos que en algunas zonas es de 10.000 años. Tienen un alcance máximo de 1500 kms. Para datar por la dirección es preciso que la muestra no se halla movido; la arcilla contiene óxidos férricos, como la hematita y la magnetita, los cuales en el proceso de cocción, por encima de los 650 o 700 ºC, se liberan del magnetismo anterior y adoptan el campo magnético terrestre en ese instante. Para datar la intensidad la muestra se puede mover, pues sólo es preciso conocer la intensidad magnética y compararla con las series elaboradas de las variaciones de la intensidad magnética. El arqueomagnetismo es un método importante para la calibración del radiocarbono.
-Paleomagnetismo: este método fue desarrollado por Runcorn en 1854 y se basa en dos principios:
a) El campo magnético terrestre ha variado a lo largo del tiempo, habiéndose producido épocas de polaridad inversa.
b) En el momento de formación de las rocas, sus partículas se alinean según el campo magnético. De este modo se han constatado distintas épocas con polaridad normal o inversa durante los últimos 5 millones de años:
-Gilbert (desde hace 4´9 millones de años hasta hace 3´3 millones de años) es un momento de polaridad inversa.
-Gauss (3´3 m.a. hasta 2´4 m.a.) es un momento de polaridad normal.
-Matuyama (2´4 m.a. a 700.000 años) es un momento de polaridad inversa.
-Brunkes (700.000 hasta la actualidad) es un momento de polaridad normal.
La cronología paleomagnética es más compleja, pues en cada época se han documentado fases cortas denominadas episodios de cambio de polaridad; por ejemplo el episodio Olduway, que era un episodio de polaridad normal dentro de la época de Matuyama. Actualmente se dispone de una escala que alcanza más de 80 millones de años con 170 episodios definidos.

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